Barricada

Edwin Sánchez: Respeten la Patria, genocidas de los Tranques Parroquiales

¿Quién pierde el tiempo en
doblegar lo que ya está torcido
por múltiples fallas de origen?

I
¡Aquí Nicaragua libre!
Libre al fin de la Banda de los Supremos Poderes del Odio.

Se fueron los desafinados de la Historia con su música fúnebre a otras partes.
Y volaron porque no hay dictadura.
Ellos mismos son las mayores evidencias vivientes.
Ningún régimen de “creciente autoritarismo” pone a sus prisioneros en libertad.
No es parte de su naturaleza.
Las dictaduras están habitadas por la vileza y la criminalidad, no por la inteligencia, la reflexión y la cordura.
Ninguna dictadura le dice al embajador de algún país, “¿puede llevarse a estos?”.
Las dictaduras no sueltan a sus enemigos.
Deja que se pudran en las cárceles.
O los desaparece.
Las dictaduras no dan explicaciones.
No cargan la etiqueta de balde.
Carecen de emoción, pero disfrutan del dolor ajeno.
Desconocen la sensibilidad y el arresto domiciliario.
No se distinguen por la ternura ni saben qué quiere decir amnistía.
Más bien festejan la carnicería.
El término indulto no forma parte de su macabro dialecto.
Y en Nicaragua hubo diálogo, amnistía, misericordia, pero fueron rechazados por los cuellos duros y más los clericales.
Complacidos con aquellas sangrientas liturgias del averno en sus “geniales” Tranques Parroquiales, Báez y su Legión de Gadara alcanzaban el clímax.
De esos disfrazados de ángeles de luz debería más bien entristecerse el papa Francisco. Y alegrarse por las Buenas Nuevas de altura: pudo más el exorcismo de la piedad que la cizañicultura, al expulsar de Nicaragua a los demonios de la iniquidad.
Una dictadura es parida por la crueldad y la impiedad —no por la reconciliación y el perdón—, como enseña el manual de los regímenes de hierro instalados en el siglo pasado.
Si están sobre la faz de la tierra es precisamente para ensañarse contra sus detractores, no para chinchinearlos y abrirles las puertas del Penal como si fueran novicias Carmelitas injustamente encarceladas.
Peor, dar la orden de libertad de un día para otro.
Si es como se difamó, que los prisioneros han sufrido aislamiento, torturas, ultrajes, pésima alimentación, y sus derechos humanos totalmente violados, habría algún compás de espera a fin de entregarlos “presentables” y no demacrados, golpeados, desfigurados, atormentados.
Pero se les liberó sin decir agua va porque no estaban secuestrados en los Tranques Parroquiales de los “manifestantes cívicos” en 2018, donde solo cadáveres quedaron enterrados en las cercanías.
Están vivos y sanos gracias a que cumplían sentencia en el Sistema Penitenciario.
Habrán salido andrajos de alma, pero no guiñapos humanos directos a cuidados intensivos.
Todos se veían más saludables y en condiciones óptimas que sería un pecado imperdonable compararlos con las familias de los tugurios, cinturones de miseria y resto del infierno de los pobres que padecían la peste de la hambruna en el siglo pasado.
Aquellos descartados por Somoza y la oligarquía conservadora, sufrían en ciudades, campos y montañas, de avitaminosis, anemia profunda y prematura ceguera nocturna.
Los mismos liberados por el Estado dan fe que de repente los sacaron para llevarlos al pie de la escalinata de un avión de los Estados Unidos.
¿Qué dictadura de verdad es capaz de actuar humanitariamente y abrir de par en par las cárceles para que se vayan sus reos así porque sí?
Un prisionero que sí ha guardado cárcel, bajo un sistema autocrático, jamás saldrá vigoroso, soberbio y amenazante.
En ese caso, los periodistas saben del calvario que padecieron. No hay show mediático. No hay declaraciones inmediatas. Ellos apenas están de ánimo para escuchar con esfuerzo a los médicos.
Basta asomarse a las Páginas Fatales de la Historia para comprobar qué es realmente un reo político en las mazmorras del somocismo.
Allí se verá a un Tomás Borge enflaquecido hasta no quedar más que una piel transparente que dejaba al descubierto sus huesos de hombre de una sola pieza.
Lo verán acurrucado sobre un taburete, casi con la mirada perdida en la diafanidad de una lucha con principios.
Lo verán desfallecido.
Lo verán sin ánimo de decir una sola palabra.
No era un prisionero más. Era un martirizado por la “democracia” que quisieron restaurar, en 2018, los favorecidos por la decisión unilateral del GRUN.
¿Se acuerdan de la imagen de René Núñez en 1976?
En su flacura, en su anguloso rostro, en sus ojos que han visto el horror de los esbirros de la Oficina de Seguridad Nacional, OSN, en su palidez mortal que superaba los límites impresos de la fotografía en blanco y negro de la época, también estaba retratado con exactitud lo que es un Verdadero Prisionero Político bajo una Dictadura.
Apenas dos ejemplos, de muchos, de los años 70 del siglo XX.
Pero lo que hubo en Washington fue una perturbadora pasarela de falsedades, diatribas, fanfarronadas, calumnias, impulsos de venganza, furia y poses de “héroes” que por más que se inflaban, no daban la talla ni de un cosplayer del Guasón.
Algo de la rabia de ser tan inútiles como despilfarradores ante sus financiadores, debían drenar: son un monumental fracaso multimillonario.
Semejante Niágara de dólares merecía ser invertido en la cristalina promoción de la vida y no en la tenebrosa barbarie de matar hermanos nicaragüenses, violar mujeres, incendiar edificios estatales y radioemisoras con personal adentro; vandalismo, destrucción de la economía y fuentes de empleo.

II
El Madrugonazo que propinó el Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional el jueves 9 de febrero a la ultraderecha hemisférica y europea es de antología.
No está registrado en los anales de la Historia.
Una movida espectacular en el ajedrez mundial, digno de un Bobby Fischer o de un Raúl Capablanca.
¡Sacar de las cárceles, cuando nadie se lo esperaba, a los aplasta-patrias!
Sin ningún pellizco.
Ni un ojo morado.
Ni un enfermo de tuberculosis como salían algunos de las ergástulas del somocismo, producto de baños de agua helada y otros vejámenes en las interminables noches de tortura. Y la falta de atención médica.
El Gobierno del Presidente Constitucional Daniel Ortega y de la Vicepresidenta Rosario Murillo, no permitió que se pudrieran en las cárceles.
Respetó lo más sagrado que solo Dios puede dar y quitar: la vida.
Se les trató como hombres y mujeres, a pesar de que el exceso de bestialidad exhibida durante abril y julio 8 de 2018 no los califica como pertenecientes a la raza humana.
Los enjuiciados, durante aquellos dantescos tres meses, no respetaron la dignidad de nadie que cayera en sus garras.
Quemaron vivo a un jovencito, Gabriel de Jesús Vado, con la bendición de un sacerdote de Satanás en Mebasa, Masaya.
Torturaron, más allá de lo que hacía la Guardia Nacional de los Somoza, a Bismark Martínez, en el Tranque Parroquial de Jinotepe.
Lo desmembraron en vida.
Solo faltó que lo echaran al Cráter Santiago.
Los asesinos, que campantemente las “democracias” bautizaron como “prisiones de conciencia”, no tuvieron nada de conciencia a la hora cometer el crimen atroz contra un adulto mayor, indefenso, abuelo, cuidador de jardines de la alcaldía de Managua.
Los ficticios “exprisioneros políticos”, y auténticos acólitos del embuste y el sadismo, no demostraron ser políticos, pero sí se encargaron de confirmar que eran presos de la inquina, del rencor, de la bajeza, del cinismo y de la miseria humana.
De esas celdas infernales no hay quien los libere.
Y eso debería entristecer aún más al Papa.
Porque son prisioneros perpetuos.
Si hubiese sido al revés, tras el Golpe de Estado “triunfante”, ningún presidiario habría. Pero sí muchos cementerios con los que ciertos “exguerrilleros, comandantes o comandantas” —ahora devenidos en “inmaculados demócratas y defensores de los DDHH”—, rubricaron, en julio de 1979, un radicalismo irracional a su trágico paso por León, Jinotepe y Granada.
Entonces la Guardia Nacional ya había sido derrotada, y no había para qué seguir matando a nadie, por muy “somocista” que hubiera sido alguien.
Los responsables inmediatos de esas olvidadas listas de muertos y desaparecidos tienen el descaro de presentarse como “la Nicaragua en resistencia”. “La reserva moral”. “Los inquebrantables”.
III
A los execrables de 2018…

No les llegó la hora de vivir su Auschwitz​.
Pero se presentan como salidos de un capítulo de la Alemania Nazi, cuando fueron ellos los que importaron, hace cinco años, monstruosidades de las que Nicaragua no sabía que los hijos de los hombres fueran capaces de cometerlas.
No vivieron los eternos suplicios de las víctimas judías.
Y se venden como supervivientes del Holocausto.
No salieron de ningún Campo de Concentración.
Y se auto difunden como las “páginas vivientes” que le faltan al Diario de Ana Frank.
No les tocó experimentar los horrores del Estadio de Santiago, tras el Golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende.
Y gruñen que “no los doblegaron”.
No salieron incompletos, como Víctor Jara, muerto y sin sus dos manos.
Y salen con sus manos manchadas de sangre: 22 policías asesinados, sin incluir los civiles privados salvajemente de la existencia, durante el Golpe de Estado manufacturado por las metrópolis como franciscanas “protestas antigubernamentales”.
No les tocó vivir ni un nanosegundo en el denunciado sepulcro militar de Guantánamo.
Y convocan los reflectores panfletarios de las Comisiones de Derechos Humanos de la ONU y sus cómplices de la CIDH.
Profesionales del victimismo, continúan su patética farsa.
Ellos, los que trataron de engañar con el soso cuento de ser “los secuestrados”, son desmentidos por la Real Academia Española:
Secuestrar: “Retener indebidamente a una persona para exigir dinero por su rescate, o para otros fines”.
Más allá del cliché retórico, ningún país “preocupado” se tragó ese absurdo que constituyó más bien una ofensa a la inteligencia.
Epílogo
Solo por la fuerza una tiranía canjea la libertad de sus reclusos, en un forzado acuerdo con un Comando rebelde.
Es lo que sucedió con la Unidad de Combate “Juan José Quezada”, el 27 de diciembre de 1974.
Y aconteció el 22 de agosto de 1978.
Pero ya esas páginas pertenecen a la Epopeya del Pueblo. Hoy son otras auroras que iluminan los tiempos.
Del pueblo no surgió, el 9 de febrero de 2023, ninguna escuadra de combatientes a “liberar prisioneros políticos”.
Uno, porque el pueblo no tenía a nadie en las cárceles.
Dos, nunca hubo tales “prisioneros políticos”.
Tres, solo eran líderes postizos de millones, pero de dólares. Cabecillas autonombrados de siglas deshabitadas. Ejecutores de crímenes nefandos.
Cuatro, no hay “dictadura”.
Tan así que fue una gracia del GRUN a favor de los autores de tantas desgracias.
Y sin mediación de iglesia alguna.
Sin ultimátum.
Sin una pistola en la cabeza.
Sin diplomáticos garantes, ni desesperadas negociaciones, ni estiras y encoges.
Ni un disparo.
Ni un herido.
Se demostró la decencia y el alto grado de sociedad civilizada alcanzada por Nicaragua frente a la obcecación, el terrorismo y los crímenes perpetrados por una funesta minoría de extremistas.
Aparte del dineral a manos llenas, esta hiperderecha es sostenida por las patrañas, las manipulaciones y las distorsiones.
Falsos de corazón y faltos de razón, llevan sobre sus hombros una sola verdad: ser causantes de tres meses abominables que completaron el genocidio de Anastasio Somoza Debayle contra su misma Patria.
Nada que enorgullezca a los nicaragüenses.
Su postrer acto, que cabe más de lápida que como último capítulo, es que todos alcanzaron cómodamente en el avión.
Eso sí, nadita de mezclarse los cunas-de-encajes con los cunas-desconocidas, porque tampoco es para tanto.
Ni en la misma fila de la nave iban sentados juntos los “primera clase” con los desclasados.
Así partió la arenosa “unidad monolítica del pueblo” (solo que del Sahara, y eso que quién sabe).
Este amargo y sanguinario tramo de la historia fue cerrado con aquel disparate de “profecía” que un deschavetado repetía hasta que les salió a todos el tiro por la culata:
El fatídico karma que pesará sobre este íngrimo grupúsculo que viajó, con sus propias maldiciones, entre el silencio de la madrugada y el vacío de un rumbo hacia la nada…
Con pena y sin gloria.
Solo con el equipaje de la derrota.
Y la soledad.

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Se fueron con su culpa de sangre sobre sus cabezas, pero ineluctablemente les será devuelto su oprobio, como sentencia el profeta Oseas.
Cualquier parecido con la oscura salida de Somoza, el 17 de julio de 1979, no es mera coincidencia.
Es pura reincidencia histórica.