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Cuentos segovianos: el Sandino escritor que no conocíamos

Con ocasión del 89 Aniversario del Tránsito a la Inmortalidad del General de Hombres y Mujeres Libres, Augusto C. Sandino, presentamos a nuestros lectores una faceta poco conocida del General: Sandino escritor.

Como nos comentaba hace algunos años el intelectual, historiador y editor nicaragüense, Dr. Aldo Díaz Lacayo, pocos saben que hace 94 años el General Sandino escribió dos cuentos: Anécdotas segovianas, del 4 de marzo de 1929 y Cuento segoviano, del 10 de marzo de 1929.

Dejemos, entonces, que la pluma del General Sandino nos lleve hasta las Segovias: detrás de las anécdotas y las metáforas, está el mensaje antiimperialista y revolucionario que desde siempre caracterizó el pensamiento de Sandino.

A través de su fascinante narración, el General de Hombres y Mujeres libres nos recuerda que no puede ser vencido quien lucha con coraje y no está dispuesto a rendirse, reafirmando que la libertad no se mendiga sino se conquista.

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Anécdotas segovianas

[4 de marzo de 1929]

El día amaneció brillante. Las montañas parecen más azules que otras veces, con los rayos del sol que las bañan. El calendario marca 15 de enero de 1929. Mi reloj señala las nueve y veinte de la mañana.

Los aviones están localizando las lomas áridas de El Pedregal.

-Dígale a los jefes de comisión que están para salir, para que permanezcan allí por un momento en observación de los aviones que se oyen, pues no debemos dejarnos descubrir – fue mi orden a uno de mis ayudantes.

El Pedregal está a dos kilómetros al Norte de mi campamento.

Gran bombardeo y ametrallamiento han hecho hoy los aviones.

-Son cuatro los aviones que han llegado por tres veces en este día a esos sitios –  dijo uno de los muchachos.

-Yo alcancé a contar cincuenta y cuatro detonaciones de bombas y cuarenta ráfaga de ametralladoras. Después fui a bañar su mula y se me enredó la cuenta – dijo otro.

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– General, son las tres de la tarde; ya salió la comisión cumpliendo su nueva orden. Si usted ordena, yo puedo ir a ver qué fue lo que estuvo tirando tanto hoy esa flotilla de aviones – me manifestó mi ayudante Alejandro.

-Ándele, pues, observe y me lo participa – contesté-

Ya vine, mi general. Esos yankees malditos no tienen rival en sus ridículos.

– ¿Qué descubrió? – le pregunté.

– Pues nada, señor. Ellos vieron una yegua tordilla caratosa, que por vieja y manca ha sido abandonada. Todo el cerrito está covado por las bombas y las balas que arrojaban los aviones, y ni siquiera tocaron al animal, los infelices. Yo la llevé para el otro lado, porque la yerba está negra de tanto humo y puede ser malo para ella.

Parece increíble que por cada paso que los piratas dan en las Segovias, dejen oportunidad para ridiculizarlos y exhibirlos ante el mundo civilizado como soldados incompetentes y ostentadores de prestigios que no tienen.

Tengo informes, que se me dan con mucha insistencia, que los soldados de Norte América son buenos para hacer simulacros el 4 de julio, aniversario de su independencia, o en otras fiestas de exhibiciones.

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Puede ser que ellos hagan eso en su afán de aterrorizar con ruidos a los pueblos con menos recursos.

Dicen que ponen en la cabeza de un hombre una naranja y que desde una distancia regular le disparan. Que perforan la naranja y no tocan al hombre.

La serenidad que ellos demuestran en los casos mencionados, se les hace difícil retenerlas en las Segovias.

Aquí no tengo yo hombres con naranjas en la cabeza.

Muchos son ya los miles de piratas yankees sepultados en nuestras vírgenes montañas.

En otros tiempos, cuando matábamos un yankee en nuestro país, lo cobraban pesado en oro; pero hoy son millares los que matamos y en vez de cobrarlos los esconden.

Cuartel General El Chipotón, Nicaragua, C.A., marzo 4 de 1929 y Año Décimo Séptimo de la Lucha Antiimperialista en Nicaragua.

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Patria y Libertad.

  1. C.   Sandino.

[10, pp.67-68]

Cuento segoviano

[10 de marzo de 1929]

Para los niños y jóvenes de la América Latina, Continental y Antillana.

Hace mil años vinieron dos hombres al mundo. Eran de un mismo país pero no se conocían. En su infancia los dos tuvieron oportunidad de vivir bien.

El uno era de carácter suave y observador. Gozaba con sufrir por los demás.

El otro era malicioso, acumulador de dinero, despreciativo con sus hermanos y dadivoso con los extraños a su sangre.

Este último, en su afán de atesorar dinero, hizo alianza con los enemigos de sus hermanos para asesinarlos y apoderarse de sus propiedades después de muertos.

Uno de ellos se llamaba Rin y el otro Roff.

Rin dedicaba la mayor parte de su vida a predicar la moralidad y el patriotismo a sus conciudadanos; mientras que Roff vivía en frecuentes francachelas y bailes, edificaba palacios por docenas y llegó a tener más de mil de mármol y oro.

A pesar de sus riquezas, no estaba Roff conforme y pensó que podía aumentar su capital vendiendo su patria.

Para ese fin se valió de algunas artimañas. Se fue para un reino y ofreció su Patria al rey, diciéndole que era una hacienda de su propiedad, que estaba en venta y que los habitantes eran sus esclavos.

El rey la compró, no porque creyera en lo que Roff decía, sino porque así le convenía para aumentar sus dominios.

Cuando el rey fue a recibir su nueva propiedad, comprada con todo lo que en ella había, el pueblo se sorprendió de la infamia de Roff, y más aún del cinismo de su comprador.

Los habitantes se levantaron en armas contra los que pretendían arrebatarles sus derechos de hombres libres, y pelearon durante veinte años, desesperadamente, porque el rey era poderosos. Pero al fin vencieron y el pueblo reconquistó su independencia.

Fue tanta la sangre derramada en aquella horrible guerra, que no se consumió y se mantuvo siempre fresca.

Los habitantes de aquel país quisieron que las generaciones venideras supieran lo que en su patria sucedió: recogieron la sangre derramada y llenaron con ella, uno por uno, los castillos de Roff. Cuando acabaron de llenar el último, todos los castillos se rompieron a un tiempo, y el terreno en que estaban levantados se convirtió en un mar de sangre.

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Rin fue uno de los que defendieron la libertad, e hizo comprender al pueblo que eran ciudadanos y no animales para que lo vendieran por partidas.

Renunciaban a su calidad de hombres.

Después de la guerra, ganada en favor de la libertad, pasaron los años y Rin murió a manos de uno de esos que quería ser esclavo, y a quien Rin le echó en cara tan ruin aspiración.

Roff continuó viviendo muchos años más, entre bailes y banquetes.

Su capital, a pesar de haberse ahogado sus castillos en el mar de sangre, era ya de muchos millones.

Pero se enfermó de lepra. La lengua se le agusanó, la gente le tuvo asco y fue arrojado lejos de todas las ciudades.

Nadie se le volvió a acercar, y el vende-patria murió de hambre y sed entre los cuervos. No se supo dónde quedaron sus restos.

Por mucho tiempo recordó el pueblo la gran guerra de los veinte años. Las generaciones que siguieron maldecían a los enemigos de la libertad y bendecían a los que la habían defendido y hecho triunfar.

Las maldiciones fueron desapareciendo y las bendiciones fueron quedando. Las nuevas generaciones, cada día más celosas de su libertad, se prepararon para su defensa y hoy en día es aquel pueblo uno de los más ejemplares del mundo.

Han pasado mil años, ya no existen Rin ni Roff. El mar de sangre (la Historia), allí está todavía, fresquito para ejemplo de todas las épocas.

Rin se llevó sus riquezas porque las tenía en el corazón.

Roff no pudo llevárselas, porque las suyas eran muy pesadas.

Buscad en la América Latina, Continental y Antillana, y si en alguno de sus países encontráis un nuevo Roff, buscad, yo os aconsejo que busquéis, hasta encontrarlo, un nuevo Rin.

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Y después de mi cuento, voy a haceros una revelación también fantástica: los treinta denarios de Judas, aquel que vendió a Cristo, de quien seguramente habréis oído hablar, no se han perdido. Se han reproducido maravillosamente en las cajas fuertes de los banqueros de Wall Street.

Y por eso, amiguitos, os pido de todo corazón que cuando seáis hombres no permitáis que vuestros gobiernos pidan o acepten empréstitos de los Estados Unidos del Norte América.

Porque, detrás de cada dollar, marcha un soldado yanqui, armado hasta los dientes, amenazante como un lobo ansioso de deglutir, y ¡ay del país que haya aceptado o pedido la ayuda de sus treinta denarios malditos!

Si acaso no encontráseis en mis palabras la suficiente fuerza moral, preguntad a vuestros padres. Ellos, que saben, hablarán por mí.

Cuartel General, El Chipotón, Nicaragua, C.A., Marzo 10 de 1929.

Patria y Libertad.

  1. C.   SANDINO.

[16, 4 p.]