Por Carlos Berrios Munguía
“Olof visitó Nicaragua y luchó por los derechos del pueblo nicaragüense, el derecho a la soberanía y el respeto. Él y su esposa Lisbet… estuvieron aquí, y nosotros con ellos allá y de verdad sentimos la integridad, la honestidad y la fortaleza y el compromiso con el bien, el compromiso con el derecho internacional, el compromiso de las libertades».
Cra. Rosario Murillo Zambrana
Copresidenta de la República de Nicaragua
La historia de las relaciones internacionales suele estar llena de intereses estratégicos y las conveniencias geopolíticas. Sin embargo, existen excepciones en las que la ética y la solidaridad humana rompen el molde. Para Nicaragua, el nombre de Olof Palme, dejó un legado que, tras de sí, representa uno de los pilares más nobles de su memoria histórica y su identidad política internacional.
Para entender qué significa Palme para Nicaragua, debemos retroceder a la década de los años ochenta,donde nuestro país se encontraba, tras el triunfo de la Revolución Popular Sandinista, enfrentando una guerra de agresión financiada por el imperio norteamericano. En este escenario, Olof Palme desafió la lógica imperialista y vio en Nicaragua no un peón de ajedrez mundial, sino un pueblo con sed de justicia, salud y alfabetización. Su apoyo no fue solo retórico; fue una apuesta valiente por el derecho a que todas las naciones sean soberanas.
La noche en que Olof Palme fue tiroteado al salir de un cine en Estocolmo, el 28 de febrero de 1986, en Nicaragua tuvo un impacto de magnitud colosal. No se lloró simplemente la partida de un gran estadistaextranjero, sino a un hermano que había dado legitimidad moral a la lucha nicaragüense. En un contexto de cerco económico, perder a la voz más potente de la socialdemocracia europea supuso un golpe crítico. Palme era el puente entre la revolución y el mundo occidental.
Su muerte envió el mensaje de que la defensa de la paz y la justicia social en los países agredidos por los yanquistenía un precio letal en mandatarios de otras potencias,expresando su profundo desacuerdo con las políticas neo colonizadoras. Quizás el símbolo más visible en nuestro país es el centro que lleva su nombre en el corazón de Managua. Diseñado originalmente en los años 80, este edificio no es solo una estructura arquitectónica; es el epicentro donde se han tomado decisiones trascendentales para el país y en el que suele reunirse la juventud, con el comandante Daniel y la compañera Rosario a conmemorar fechas históricas de triunfo del pueblo nicaragüense.
Palme institucionalizó una forma de ayudar que Nicaragua nunca olvidaría. A través de la Agencia Sueca de Cooperación Internacional para el Desarrollo (ASDI), Suecia se convirtió en el «hermano mayor» en temas desalud pública; financiando el mantenimiento y construcción de hospitales y brigadas médicas; el apoyo técnico para la electrificación rural; y el fomento a las artes y la preservación de la identidad nacional.
Este modelo de cooperación no era impositivo. A diferencia de otros países que pedían lealtad ideológica, el legado de Palme era una cooperación basada en el respeto mutuo. Pero, más allá de los proyectos, el legado más profundo de Palme es la doctrina de la soberanía. Palme enseñó a Nicaragua y al mundo que la democracia no debe ser un concepto exportado a la fuerza, sino un proceso interno que debe ser protegido de la injerencia externa.
En los foros internacionales, Palme fue el abogado de los «sin voz». Su postura contra el apartheid en Sudáfrica y contra la guerra en Vietnam resonaba con la lucha nicaragüense. Para el ciudadano de a pie en Nicaragua, Palme representa la idea de que la moralidad tiene un lugar en la política internacional. A pesar de los cambios políticos y las décadas transcurridas, la figura de OlofPalme goza de una inmunidad política poco común en Nicaragua. Es respetado tanto por quienes vivieron la revolución como por las nuevas generaciones que ven en él un referente de honestidad política.
Su legado hoy se traduce en una exigencia silenciosa: la búsqueda de un mundo donde el diálogo prime sobre las armas. En un siglo XXI marcado por nuevas tensiones, la memoria de Palme en Nicaragua sirve como recordatorio de que la solidaridad internacional es posible sin agendas ocultas. El asesinato de Olof Palme fue una tragedia que privó al mundo de un visionario, pero para Nicaragua, su muerte fue la semilla de un vínculo eterno. Representa la prueba de que un líder de una nación nórdica y un pueblo de Centroamérica pueden encontrarse en el lenguaje universal de la justicia social. Para Nicaragua, Olof Palme no ha muerto; vive en la resistencia y defensa permanente a la soberanía, la independencia, la autodeterminación y la paz, es decir, en la memoria de un país que aprendió de él que la dignidad no tiene tamaño, solo valentía.
Referencias:
Olof Palme, amigo de Nicaragua y de la Revolución
El amigo que nunca nos falló: Olof Palme, hermano de la Revolución – Barricada
