Este 22 de enero se conmemoran 59 años de uno de los hechos más trágicos y dolorosos de la historia contemporánea de Nicaragua: la masacre del 22 de enero de 1967, cuando miles de nicaragüenses, en su mayoría obreros, campesinos y sectores humildes, fueron brutalmente reprimidos por la Guardia Nacional al servicio de la dictadura somocista.
El tema fue abordado en el programa Desde el Parlamento, con la participación del diputado Freddy Franco, de la bancada del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), quien explicó el contexto histórico, político y social que desembocó en aquella jornada sangrienta, considerada un punto de quiebre en la conciencia y organización popular.
Un contexto de dictadura y falsa oposición
El diputado Franco recordó que el 22 de enero de 1967 se produjo en medio de una dictadura “cruel y sanguinaria”, heredera del asesinato del General Augusto C. Sandino y sostenida durante décadas bajo la tutela de los Estados Unidos. A ello se sumaba la actuación de una oposición conservadora que, lejos de representar los intereses del pueblo, estaba articulada a la oligarquía y a los mismos poderes económicos que sostenían al régimen.
En ese contexto, explicó, se convocó a una gran movilización nacional como cierre de campaña de la Unión Nacional Opositora (UNO), encabezada por el Partido Conservador y su líder Fernando Agüero Rocha, de cara a las elecciones previstas para febrero de ese año. Más de 50 mil personas llegaron a Managua desde distintos puntos del país, muchas de ellas campesinos traídos por hacendados conservadores.
La masacre y la traición al pueblo
Tras concluir el acto político, la multitud fue orientada a movilizarse por la entonces avenida Roosevelt, hoy avenida Bolívar a Chávez. Fue en ese trayecto donde la Guardia Nacional abrió fuego indiscriminadamente con armas de guerra, provocando una masacre que, según estimaciones históricas, dejó más de mil nicaragüenses asesinados.
Franco señaló que mientras el pueblo era acribillado, los dirigentes conservadores se replegaron y abandonaron a las masas, evidenciando —una vez más— el desprecio histórico de las élites liberales y conservadoras hacia el pueblo. Muchos cuerpos fueron retirados por la dictadura y enterrados en fosas comunes, dejando a cientos de familias sin conocer el destino de sus seres queridos.
Pese a la magnitud del crimen, la dirigencia conservadora no se retiró del proceso electoral, lo que, a juicio del diputado, confirmó que su interés no era la dignidad ni la vida del pueblo, sino el acceso al poder a cualquier costo.
Consecuencias históricas y surgimiento de una alternativa revolucionaria
La masacre del 22 de enero de 1967, afirmó Franco, enterró políticamente al conservadurismo tradicional y reafirmó el carácter antipueblo y proimperialista de la derecha nicaragüense. Al mismo tiempo, fortaleció la legitimidad del Frente Sandinista de Liberación Nacional como la única alternativa consecuente frente a la dictadura y la falsa democracia electoral.
Mientras el pueblo era masacrado en Managua, recordó, combatientes sandinistas entregaban su vida en las montañas, como en Pancasán, demostrando que existía una vía distinta: la lucha revolucionaria organizada, con un proyecto de liberación nacional y social.
A partir de entonces, el Frente Sandinista fue ganando autoridad política y respaldo popular, encabezando la lucha contra la dictadura somocista, hasta culminar con el triunfo revolucionario del 19 de julio de 1979, cuando por primera vez el pueblo nicaragüense se convirtió en protagonista del poder y del gobierno.
Memoria, conciencia y compromiso con la paz
En su reflexión final, el diputado Freddy Franco subrayó que la masacre del 22 de enero dejó una enseñanza histórica fundamental: nunca más permitir que las élites oligárquicas y entreguistas utilicen al pueblo como carne de cañón ni regresen al poder.
Destacó que hoy Nicaragua vive en condiciones de paz, soberanía, derechos y bienestar, conquistas alcanzadas gracias a la Revolución Popular Sandinista y que deben ser defendidas con unidad, conciencia y compromiso permanente.
A 59 años de aquel crimen, la memoria del 22 de enero de 1967 sigue viva como recordatorio del sacrificio del pueblo y como llamado a preservar la paz, la justicia social y la independencia nacional, pilares fundamentales del presente y futuro de Nicaragua.
