El 12 de octubre de 1492, el navegante español Cristóbal Colón desembarcó en una isla de las Bahamas y tomó posesión de ella en nombre de la Corona española, sin que los pueblos que habitaban esas tierras desde hacía miles de años hubieran consentido semejante ocupación, realizada por el pirata de esos tiempos. Colón creía encontrarse cerca de Asia, pero su viaje terminaría abriendo el paso al secuestro de gran parte de América, donde existían civilizaciones que habían levantado grandes ciudades, cuyos habitantes cultivaban la tierra para sostener a sus pueblos y tenían sus propios gobernantes mucho antes de que los europeos llegaran a sus territorios. Esa llegada, descrita equivocadamente durante siglos como el descubrimiento de América, en realidad significó el comienzo de la colonización española, durante la cual los invasores masacraron y asesinaron a miles de indígenas, esclavizaron a otros, violaron a mujeres, torturaron a quienes se resistían y saquearon sus tierras para llevarse el oro y otros tesoros, desatando un genocidio que destruyó comunidades enteras.
Durante generaciones, numerosos gobiernos convirtieron el 12 de octubre en una celebración conocida como Día de la Raza, y los libros escolares maquillaron la historia de Cristóbal Colón, presentándolo como el gran descubridor de América y enseñando a millones de estudiantes la versión de su travesía por el Atlántico que exaltaba al navegante, pero ocultaba buena parte de lo que verdaderamente existía en el continente antes de la llegada de los españoles.
Las investigaciones históricas y arqueológicas estiman que en 1492 habitaban estas tierras entre 40 y 60 millones de personas que hablaban alrededor de 1,200 idiomas, cifras que desmienten la vieja enseñanza colonial que representaba a América como tierras desconocidas, necesitadas de la llegada de los europeos para incorporarse a la historia.
Los pueblos originarios llevaban siglos desarrollando la agricultura y habían establecido relaciones comerciales que les permitían intercambiar productos entre territorios muy distantes, transmitiendo sus conocimientos de padres a hijos y construyendo civilizaciones que ya tenían una larga historia cuando España comenzó a reclamar como suyas las tierras americanas.
Los mayas, que habitaban territorios de México y Centroamérica, habían construido grandes ciudades y desarrollado una escritura propia que les permitía registrar su historia, alcanzando también importantes conocimientos matemáticos que incluían el uso del cero, con cálculos que les ayudaban a estudiar los movimientos de los astros y elaborar calendarios de gran precisión, antes del supuesto descubrimiento de América.
Los mexicas, por su parte, levantaron Tenochtitlan sobre un lago, donde vivían aproximadamente 250 mil personas protegidas de las inundaciones mediante canales y diques, en tanto los incas habían construido caminos y puentes que comunicaban extensos territorios, por donde transportaban las cosechas hasta grandes depósitos que permitían alimentar a la población durante los períodos de escasez, llevando el control de sus reservas mediante quipus, cuerdas anudadas con las que registraban las cantidades almacenadas.
En la Amazonía, numerosas comunidades habían levantado aldeas comunicadas por caminos y cultivaban la tierra aprovechando los recursos de la selva, mientras en Norteamérica varios pueblos indígenas se habían unido para defender sus territorios y sus autoridades se reunían en consejos donde tomaban decisiones sobre los asuntos que afectaban a sus comunidades, mientras que en otras regiones los habitantes originarios cultivaban desde hacía siglos alimentos como el maíz, el cacao y la papa, que terminarían transformando la alimentación mundial posteriormente. Aunque entre estos pueblos existían diferencias políticas y conflictos territoriales, habían desarrollado importantes conocimientos antes de la colonización europea, pero la llegada de los españoles comenzó a cambiar sus vidas para mal, como ocurrió en el Caribe, donde los indígenas taínos recibieron inicialmente a Colón y su tripulación ofreciéndoles alimentos e intercambiando productos, pero posteriormente fueron sometidos al pago de altos tributos y obligados a entregar el oro bajo las órdenes de los delincuentes usurpadores.
Apenas tres años después de la llegada del pirata Cristóbal Colón a América, en 1495, sus hombres capturaron a unos 1,500 indígenas, de los cuales aproximadamente 500 fueron enviados a España para venderlos como esclavos, convirtiendo a seres humanos en mercancía para enriquecer a quienes habían llegado desde Europa. La situación empeoró cuando numerosas familias fueron despojadas de sus tierras y obligadas a abandonar sus hogares para trabajar bajo las órdenes de los españoles, lo que les impidió seguir cultivando los alimentos que necesitaban para sobrevivir y provocó que el hambre se extendiera entre los habitantes de la isla, al mismo tiempo que las enfermedades llegadas del otro continente atacaban a una población cuyo sistema inmunológico no estaba preparado para combatirlas, causando miles de muertes que, junto con los trabajos forzados y la pérdida de las cosechas, redujeron drásticamente la población indígena del Caribe durante las décadas siguientes, hasta hacer desaparecer numerosos poblados, lo que separó a muchas familias y dejó extensas zonas casi deshabitadas. La explotación se extendió posteriormente a otras regiones de América, donde la monarquía autorizó a los colonizadores a recibir tributos y aprovechar el trabajo obligatorio de los indígenas, castigando a los que se resistían y enviando buena parte de esa riqueza robada a las arcas reales.
Después de someter a numerosos pueblos indígenas del Caribe, los españoles avanzaron hacia tierra firme, donde encontraron una fuerte resistencia de poblaciones que defendían sus tierras frente a los soldados armados con espadas de acero y montados a caballo, aunque también aprovecharon las rivalidades entre los propios habitantes para conseguir aliados que les ayudaran a derrotar a quienes se oponían a la criminal, cobarde y violenta ocupación. En 1521, Hernán Cortés, militar español que encabezó la invasión del imperio mexica, logró tomar Tenochtitlan con el apoyo de pueblos indígenas enfrentados a sus gobernantes, y en 1532 Francisco Pizarro capturó a Atahualpa, gobernante del imperio inca en Sudamérica, aprovechando las divisiones que había dejado la guerra entre este y su hermano Huáscar por el trono.
Mientras tanto, la monarquía siguió entregando encomiendas a los colonizadores y les concedió el derecho de continuar cobrando tributos a los indígenas, a quienes también obligaron a trabajar en las minas y los campos de cultivo para enriquecer a sus nuevos amos, sin recibir una compensación justa por las duras jornadas a las que eran sometidos, al tiempo que los sotanudos que acompañaban a los soldados utilizaban la cruz para imponer la religión católica, perseguían las creencias indígenas y participaban en la destrucción de templos y objetos sagrados, y algunos incluso respaldaron a los ocupantes y guardaron silencio ante los crímenes que cometían contra los habitantes originarios.
La persecución religiosa también alcanzó los libros y escritos donde los pueblos indígenas conservaban su historia, pues muchos fueron quemados por sacerdotes españoles que rechazaban las creencias de los habitantes originarios, destruyendo testimonios de los conocimientos que habían transmitido durante generaciones, al mismo tiempo que el castellano comenzó a desplazar las lenguas originarias y muchas familias fueron obligadas a abandonar sus aldeas para vivir en lugares escogidos por los colonizadores, lejos de las tierras donde habían crecido sus antepasados. Los abusos fueron tan graves que incluso provocaron denuncias de religiosos españoles, entre ellos el fraile Bartolomé de las Casas, quien en 1552 publicó su obra Brevísima relación de la destrucción de las Indias, donde relató las matanzas, la esclavitud y los sufrimientos impuestos a los indígenas, cuestionando los crímenes que se cometían en nombre de la Corona. Sin embargo, la dominación extranjera nunca consiguió acabar con la resistencia de los pueblos originarios, pues los mayas siguieron defendiendo su independencia durante generaciones y los mapuches enfrentaron a los ejércitos españoles en el sur del continente, sosteniendo prolongadas guerras que obligaron a las autoridades coloniales a negociar acuerdos para reconocer sus tierras, sin conseguir que abandonaran su lucha por conservar la libertad y las tradiciones heredadas de sus antepasados.
El dominio español sobre las tierras que hoy conocemos como Nicaragua se prolongó hasta la independencia centroamericana de 1821, pero separarse de la Corona no devolvió de inmediato a los indígenas las propiedades que les habían arrebatado ni reparó los daños que sufrieron durante casi tres siglos de colonización. A pesar de ello, la resistencia que representaron Diriangén y Nicarao permaneció viva entre sus descendientes, junto con las luchas de los pueblos afrodescendientes que también reclamaron su libertad. Por eso, Nicaragua conmemora cada 12 de octubre el Día de la Resistencia Indígena, Negra y Popular, honrando a quienes enfrentaron la dominación extranjera y jamás renunciaron al derecho de decidir sobre su propio destino.
Han transcurrido 534 años desde la llegada de Cristóbal Colón, y los hechos documentados permiten cuestionar los honores que durante siglos se le han rendido, pues si los actos de esclavización, traslados forzosos, torturas, crímenes y sometimiento cometidos por los hombres que él dirigía hubiesen ocurrido en este siglo XXI, tendría un asiento asegurado en el banquillo de los acusados de la Corte Penal Internacional y, una vez sentado allí, no hay duda de que sería condenado por crímenes de lesa humanidad, en lugar de recibir los títulos y privilegios que le concedió la monarquía.
Dejemos claro, la historia de América no comenzó con tres embarcaciones ni con el permiso de los Reyes Católicos, porque nuestros pueblos ya existían cuando llegaron los que pretendieron adueñarse de sus tierras, y aunque España consiguió imponer su dominio durante siglos, nunca pudo borrar la resistencia de quienes sobrevivieron al saqueo, defendieron su dignidad y transmitieron a las nuevas generaciones la convicción de que ninguna potencia extranjera tiene derecho a decidir el destino de nuestros pueblos ni a convertir nuevamente nuestras tierras en colonia, ni mucho menos en protectorado.