La madrugada del 17 de julio de 1979 quedó grabada como uno de los momentos más trascendentales de la historia contemporánea de Nicaragua. Mientras el dictador Anastasio Somoza Debayle abandonaba el país en medio del derrumbe del somocismo, el Congreso nombró presidente a Francisco Urcuyo Maliaños, médico y político liberal que recibió un poder prácticamente desmoronado por el avance de la ofensiva revolucionaria. Aquello que inicialmente parecía una transición de apenas unas horas terminó convirtiéndose en el último intento por mantener con vida un régimen que ya había perdido el respaldo político, militar, popular e internacional frente al avance del Frente Sandinista de Liberación Nacional.
Con el país inmerso en ese desenlace histórico, Urcuyo Maliaños llegaba a la Presidencia después de una extensa trayectoria dentro del aparato somocista. Nacido en Rivas el 30 de julio de 1915, se graduó como médico cirujano en la Universidad Nacional Autónoma de México y, con el paso de los años, desempeñó diversos cargos públicos hasta convertirse en vicepresidente, presidente del Congreso y una de las figuras de mayor confianza del Partido Liberal Nacionalista. Su carrera política transcurrió al amparo de la dinastía somocista, que gobernó Nicaragua durante más de cuatro décadas, circunstancia que finalmente lo llevó a ocupar la máxima magistratura del país en el momento más crítico de ese poder criminal.
Con la huida de Anastasio Somoza Debayle, el Congreso Nacional sesionó para aceptar su renuncia y eligió como presidente a Urcuyo Maliaños, el títere designado por el dictador para intentar prolongar el somocismo. Todo apuntaba a una transición breve, sin embargo, una vez investido con la banda presidencial anunció que permanecería en el cargo hasta concluir el período constitucional previsto para 1981. Durante un mensaje dirigido al país defendió la legalidad de su nombramiento y exhortó a las fuerzas del Frente Sandinista a deponer las armas, afirmando que debían entregarlas «no ante nada ni ante nadie, sino ante el Altar de la Patria». Aquella decisión chocó de inmediato con la realidad que se vivía dentro y fuera de Nicaragua. El Frente Sandinista mantenía la iniciativa militar, numerosas ciudades ya habían sido liberadas y el creciente aislamiento diplomático reducía cada vez más el margen de maniobra del nuevo mandatario, mientras el intento por prolongar el somocismo comenzaba a desmoronarse frente al acelerado curso de los acontecimientos.
Las reacciones no tardaron en producirse. Mientras Francisco Urcuyo Maliaños insistía en mantenerse en el poder, varios gobiernos latinoamericanos rechazaron cualquier maniobra orientada a prolongar la dictadura y dejaron claro que la única salida pasaba por la transferencia del mando a la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional. Al mismo tiempo, el avance del Frente Sandinista continuaba sobre distintos puntos estratégicos del país, la Guardia Nacional retrocedía en varios frentes y las posibilidades de sostener el viejo orden político se reducían con rapidez. Cada hora confirmaba que la dinastía somocista se acercaba a su caída final y que aquellos acontecimientos ya no tenían marcha atrás.
Sin respaldo político, militar ni diplomático para atornillarse en el poder, «el tal Urcuyo» abandonó Managua el 18 de julio de 1979 y partió hacia Guatemala, poniendo fin a un gobierno que apenas se prolongó por unas 43 horas. Su salida terminó de derrumbar el último intento por mantener con vida el somocismo y dejó sin conducción a la estructura sangrienta que desgobernó Nicaragua durante más de cuatro décadas. A partir de ese momento, el avance de las fuerzas revolucionarias se aceleró sin encontrar un obstáculo capaz de revertir el curso de la historia. El camino hacia Managua quedó definitivamente abierto y, un día después, el 19 de julio de 1979, se consumó el triunfo de la Revolución Popular Sandinista, cerrando una de las etapas más oscuras de Nicaragua.
Durante el exilio, el viejo Urcuyo Maliaños escribió varios libros en los que expuso su versión de los acontecimientos que precipitaron la caída del somocismo y las circunstancias que rodearon aquellos últimos días. A comienzos de la década de 1990 regresó a Nicaragua, donde se mantuvo alejado de la actividad política hasta el final de su vida. Una semana antes de su fallecimiento sufrió un infarto que obligó a su traslado a un hospital capitalino. Murió por causas naturales el 14 de septiembre de 2001 en Managua, a los 86 años, y posteriormente fue sepultado en su ciudad natal, Rivas. Con su muerte se cerró la trayectoria de quien ocupó fugazmente la Presidencia de la República en las horas finales de un poder que llegaba a su ocaso y que marcaría para siempre uno de los episodios más trascendentales del país.