“De verdad que uno se emociona todavía, cuando recuerda tanto heroísmo, cuando recuerda tanta fuerza, cuando recuerda tanta decisión, vencer o morir, vencer liberando la patria, vencer instalando la justicia en Nicaragua, la libertad, la dignidad, la fraternidad, vencer sin pedir nada a cambio, eso era el Frente Sandinista, eso es el Frente Sandinista y eso seguirá siendo el Frente Sandinista de Liberación Nacional, entrega incondicional a la Patria…”
Compañera Rosario Murillo
22 de agosto 2013
El 22 de agosto de 1978, a las doce y diez minutos del mediodía, un estruendo de audacia e inteligencia militar cambió para siempre el rumbo de la historia de nuestro país. Veinticinco jóvenes combatientes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), vistiendo los propios uniformes de las tropas de élite de la guardia somocista, irrumpieron en el Palacio Nacional de Managua durante una sesión plenaria del Congreso somocista. En menos de tres minutos, la vanguardia revolucionaria ejecutó la Operación “Muerte al Somocismo”, reduciendo a la guardia del recinto, reteniendo a los legisladores y asestando uno de los golpes militares, políticos y psicológicos más contundente a la dictadura somocista, hecho que resonó en todo el continente.
Aquella acción no fue únicamente una toma física, fue una obra maestra de ingeniería política y militar que expuso la vulnerabilidad de la dictadura de Anastasio Somoza Debayle, rompió el cerco de la censura e impulsó de manera irreversible el camino de la insurrección popular hacia el triunfo del 19 de julio de 1979.
Marco táctico y estructura operacional del contingente
Bajo la denominación oficial de Operación “Muerte al Somocismo”, este audaz golpe de guerrilla urbana fue concebido como una intervención relámpago que mantendría bajo control el corazón administrativo del régimen durante 72 horas de intensa negociación. La fuerza ejecutora estuvo concentrada en el Comando Rigoberto López Pérez, una unidad de asalto integrada por 25 compañer@s (22 hombres y 3 mujeres) cuya jefatura de mando fue asumida por Edén Pastora en la responsabilidad de Comandante Cero.
El objetivo estratégico no se limitaba a la toma del recinto, sino al sometimiento táctico del poder legislativo somocista mediante la retención de más de 1,500 personas dentro del Palacio Nacional, entre quienes figuraban piezas fundamentales de la tiranía como Luis Pallais Debayle, presidente del Congreso y primo hermano del dictador, junto al diputado José Somoza Ábrego. La misión culminó con un éxito absoluto al lograr la excarcelación de 50 prisioneros del Frente Sandinista de Liberación Nacional, la difusión obligatoria del Manifiesto Sandinista en cadena nacional de radio, televisión y prensa escrita, el rescate financiero de medio millón de dólares para abastecer la contienda armada y el repliegue seguro e indemne de todo el comando hacia la República de Panamá.
La antesala estratégica
Para comprender la magnitud de la toma del Palacio Nacional, es indispensable situarse en el contexto de 1978. Tras el asesinato del periodista Pedro Joaquín Chamorro en enero de ese año, el descontento popular contra la dictadura somocista había alcanzado un punto de ebullición. Las calles de las principales ciudades se llenaron de protestas, los gremios se declararon en huelga y la juventud se sumaba masivamente a la resistencia. Sin embargo, el régimen somocista respondía de forma sangrienta, encarcelando, torturando y ejecutando a los cuadros dirigentes de la revolución.
La Dirección Nacional del FSLN comprendió que se necesitaba una acción estratégica capaz de cambiar la correlación de fuerzas. Se requería un golpe que lograra tres objetivos inmediatos:
• Rescatar a la dirigencia del FSLN y combatientes sandinistas.
• Romper el bloqueo informativo y el estado de sitio, haciendo escuchar la voz del Sandinismo en cada rincón del país y del mundo.
• Demostrar la vulnerabilidad del somocismo ante el pueblo y el mundo, demostrando que Somoza no era invencible.
Bajo este mandato se diseñó, en la más estricta clandestinidad, la Operación “Muerte al Somocismo”, confiada al Comando Rigoberto López Pérez, nombrado así en honor al héroe nacional que en 1956 inició el principio del fin de la dinastía somocista.
La maniobra táctica “¡Abran paso, viene el Jefe!”
El mediodía del 22 de agosto parecía una jornada rutinaria para la guardia. En el Salón Azul del Palacio Nacional, senadores y diputados somocistas debatían el presupuesto, rodeados de empleados públicos, periodistas y visitantes. En las afueras, dos camionetas cerradas se estacionaron frente a las escalinatas principales.
De los vehículos descendieron 25 muchachos vestidos con el uniforme de la Escuela de Entrenamiento Básico de la Guardia Nacional (EEBI), la tropa de élite dirigida por Anastasio Somoza Portocarrero, alias “El Chigüín”. Con cascos de acero, insignias oficiales y armas en mano, el grupo avanzó con disciplina militar hacia las entradas del recinto.
Al grito potente y decidido de ¡Abran paso, viene el Jefe! ¡Viene el Mayor Somoza!, la Guardia Nacional desplegada en las puertas se hizo a un lado y cuadró su posición, creyendo que se trataba de la escolta personal del hijo del dictador. Esa confusión inicial duró apenas unos segundos, pero fue suficiente.
Una vez adentro, el comando tomó el control de los accesos principales. Se escucharon los primeros disparos tácticos para neutralizar a la guardia de seguridad interior. En menos de tres minutos, el FSLN dominaban las tres plantas del edificio y clausuraban las salidas. Cuando los congresistas somocistas intentaron reaccionar, se encontraron con el mando revolucionario en el Salón Azul. El mito de la seguridad inexpugnable del somocismo acababa de desmoronarse en el corazón administrativo de Managua.
Las 72 horas que estremecieron a la dictadura – La batalla política y la negociación
Con el control total del Palacio Nacional y más de 1,500 personas retenidas en su interior, el Comando Rigoberto López Pérez estableció de inmediato un perímetro defensivo y abrió la fase de negociación política. Mientras el dictador Somoza ordenaba rodear el edificio con tanques, blindados y francotiradores de la EEBI, el comando sandinista mantuvo una templanza de acero. Somoza intentó inicialmente responder con violencia, pero la presencia de sus propios familiares y colaboradores de alto rango dentro del recinto lo tenía con las manos atadas.
Con la mediación de Monseñor Miguel Obando y Bravo y los embajadores de Panamá y Costa Rica, el FSLN le fijó a la dictadura un pliego de condiciones de cumplimiento obligatorio:
- Liberación inmediata e incondicional de 50 prisioneros del FSLN, entre ellos estaba Tomás Borge, René Núñez Téllez, Doris Tijerino, Víctor Tirado López, José Benito Escobar, entre otros.
- Lectura e impresión íntegra del Manifiesto Político del FSLN en las cadenas nacionales de radio y televisión, así como en los periódicos La Prensa y Novedades.
- Entrega de medio millón de dólares para el financiamiento de la lucha armada popular.
- Garantía de salida segura hacia Panamá para el comando guerrillero y los prisioneros liberados.
Durante tres días, el país entero contuvo la respiración. Mientras Somoza buscaba desesperadamente ganar tiempo, el comando fijaba plazos inflexibles, amenazando con ajustar cuentas con los diputados somocistas si las tropas de la Guardia intentaban asaltar el recinto. La firmeza revolucionaria dobló el brazo del tirano.
La ruptura de la censura
Uno de los impactos más trascendentales de la toma del Palacio Nacional fue el golpe directo a la máquina de propaganda del somocismo. Por orden expresa del comando y como condición irrenunciable de la negociación, los medios de comunicación de todo el país se vieron obligados a transmitir el Manifiesto Político del Frente Sandinista.
En cada hogar, plaza, taller y campo de Nicaragua, la población escuchó a través de la radio y la televisión la voz clara del Sandinismo denunciando los crímenes de la dictadura, llamando a la organización popular y explicando el programa de liberación nacional. Aquella lectura rompió en mil pedazos años de censura y desinformación.
Por primera vez en décadas, el pueblo nicaragüense escuchó la verdad sin tapujos desde los propios micrófonos del Estado somocista. El manifiesto no solo infundió esperanza; fue un llamado directo a las armas y a la insurrección generalizada.
El triunfo táctico y el recorrido triunfal hacia la victoria
El 24 de agosto de 1978, la dictadura de Somoza consumó su capitulación pública al aceptar la totalidad de las exigencias del FSLN. Los 50 prisioneros fueron sacados de las cárceles y trasladados al Aeropuerto Internacional de Managua, donde se reencontraron con los integrantes del Comando Rigoberto López Pérez.
El trayecto de los autobuses que trasladaban al comando desde el Palacio Nacional hasta la pista de aviación se convirtió en una manifestación multitudinaria popular. Decenas de miles de managuas salieron a las calles a escoltar a los guerrilleros, desafiando a las patrullas de la Guardia Nacional. La gente vitoreaba, lanzaba flores y gritaba a todo pulmón ¡Viva el FSLN!, ¡Patria Libre o Morir!.
Aquel trayecto hacia los aviones con destino a Panamá no fue un repliegue, fue el desfile victorioso de una vanguardia que le había demostrado al pueblo que la dictadura somocista sí podía ser vencida.
El catalizador que encendió la Insurrección Popular Final
La toma del Palacio Nacional actuó como el gran catalizador que aceleró la historia de Nicaragua. La acción demostró que el régimen somocista era un gigante con pies de barro, sostenido únicamente por el terror militar y el apoyo de los EEUU, el cual había sido burlado por 25 jóvenes revolucionarios armados de moral y convicción.
En las semanas posteriores al 22 de agosto, el impacto de la operación se tradujo en acciones concretas a lo largo y ancho del país:
• Insurrección en las ciudades: Septiembre de 1978 vio levantamientos populares espontáneos e insurrecciones locales en León, Matagalpa, Estelí, Masaya y Chinandega.
• Incorporación masiva del pueblo: Miles de muchachos y muchachas buscaron los frentes guerrilleros en la montaña y en las ciudades para integrarse a las columnas del FSLN.
• Unidad de las fuerzas revolucionarias: La audacia del golpe aceleró los procesos de unidad interna dentro del Frente Sandinista, consolidando la estrategia de la Ofensiva Final.
• Aislamiento internacional del régimen: Gobiernos de la región y la opinión pública internacional le retiraron definitivamente el respaldo a Somoza, reconociendo la legitimidad de la lucha del pueblo nicaragüense.
Legado inalterable de una epopeya histórica
A casi cinco décadas de aquella gesta heroica, la Toma del Palacio Nacional permanece como uno de los capítulos más brillantes de la memoria histórica de Nicaragua y de las luchas de liberación en el mundo. La Operación “Muerte al Somocismo” demostró que cuando la audacia táctica se combina con la causa justa de un pueblo, no hay nada que pueda detener el avance de la revolución.
El valor, la disciplina y el desprendimiento de los veinticinco integrantes del Comando Rigoberto López Pérez continúan siendo un faro de inspiración. Recordar el 22 de agosto no es solo volver la mirada hacia el pasado, es reafirmar la vigencia de la dignidad, la soberanía y la vocación inquebrantable de un pueblo que decidió ser su propio dueño.